Y si te merecieras todo el amor del mundo?

 

¿Por qué tener miedo de tocar fondo, si es la mejor manera de empezar a salir a flote? ¿Por qué pasarnos la vida tratando de impedir la caída, o el tropezón, si no hay forma más eficaz de obligarte a levantarte? Porque luchamos y resistimos con una fuerza que no demostramos en tareas más fáciles por mantenernos en un equilibrio dañino y tóxico cuando es obvio que salir de ahí, que caer el vacío, es lo único que obrará el milagro.

Como cuando seguimos comiendo ese bollo que sabemos que es cáncer en bolsa pero cada vez que lo vemos no podemos dejar de comprarlo. Como cuando sabemos que ese plato engorda justo los kilos que necesitamos quitarnos y sin embargo escuchamos las justificaciones más creativas del mundo para ceder a la tentación, aunque sepas que después, exactamente en el momento en que empiezas a digerirlo y ya no hay vuelta atrás, te vas a arrepentir desde las mismas tripas que ejecutan la traición.

Como cuando estás agotada, muerta, derrotada y no puedes más (o eso suena en tu mente) pero sigues y sigues y sigues, y te niegas a ti misma el mimo, el descanso, el tiempo que te mantendría saludable en vez de seguir condenándote al médico, ahora sí, cuando ya la situación sea irreversible.

Como cuando continúas día a día, semana a semana, mes a mes y así, año a año hasta completar una vida, cerca de esa persona que en vez de facilitarte te complica, que en vez de alegrarte, te amarga. Pero ahí estás tú, manteniendo al enemigo en tu casa, en tu vida, aunque son muchas más las veces que tienes la certeza de que deberías irte que las veces que piensas que no está tan mal seguir.

 

¿Por qué somos capaces de traicionarnos de esa manera? ¿Por qué dejamos el amor propio en lo más bajo de la lista de prioridades? ¿Por qué nos hacemos eso?

 

Pues no sé, según mi opinión, hay un par de teorías que podrían ser válidas para ti, seguro. Pero para mi, que la que de verdad opera en estos vicios, por mucho que quieras encontrar excusas, es que tienes miedo, un terror paralizante ante aquello que se salga de tu zona de confort, ante aquello que suponga enfrentar lo desconocido.

Pero esta vez no me refiero al miedo a las cosas que sucedan o puedan suceder como he hablado tantas otras veces. Esta vez hablo del miedo que tenemos de enfrentarnos a la vida amándonos a nosotros mismos por encima de todo. Al miedo de ser considerados egoístas por pensar que nuestro bienestar es lo más importante. Miedo a que querernos signifique hacer daño a los que nos rodeen, o a que amarnos a nosotros implique dejar de amar a los nuestros. Miedo a ser llamados vanidosos, ególatras, narcisistas, pero amigas, eso sólo habla de ignorancia, quererse no tiene nada que ver con esos adjetivos.

 

Tenemos miedo a protegernos y ¿sabes porqué? Mi teoría es que nos pasa porque nadie nos ha enseñado que si no te proteges tú, no podrás proteger a nadie, que si no te quieres tú, no podrás querer a nadie, que para que puedas hacer felices a los que te rodean es obligatorio que seas antes feliz tú misma. Porque una cosa es que nos lo hayan contado y otra que te lo hayas creído, y para creértelo no te lo tienen que contar, te lo tienen que enseñar.

 

Por eso el cuidador es el menos cuidado cuando debería ser el que más. Por eso las madres, las amas de casa son las grandes olvidadas por el gobierno y por la sociedad, por eso trabajan sin descanso ni días libres, ni vacaciones y nadie les paga ni las reconocen como merecen, y por eso se enferman, de cansancio, y de pena.

Por eso tantas personas llegan a consulta, perdidas y desencantadas de la vida cuando en realidad no pasa nada en sus rutinas que justifique su depresión, o sí existe pero no son capaces de verlo. Porque nos han enseñado que somos lo último, que debemos ser lo último para ganar nuestro lugar en el cielo.

Pero lo siento, no estoy de acuerdo, amarse no es faltar el respeto a nadie, no es dañar a nadie, no es perjudicar a nadie. No amarse sí lo es… y no sé si habrá un cielo después de esta aventura, pero si sé, sin duda posible, que estoy viva ahora, y hasta donde puedo alcanzar es la única vida que tengo, y para que quienes me acompañen me recuerden, y sean felices conmigo, sólo hay un camino. Y ese es, poniéndome a mi misma la primera de la lista.