Cuando el enemigo eres tú mismo

 

Como seres humanos todos necesitamos certezas. Algo a lo que agarrarnos, porque ahí nace la seguridad y la confianza desde la que nos atrevemos a explorar el mundo.

Sentir que perteneces a algún lugar, que tienes una labor que hacer en esta vida, que significas algo para alguien son las emociones que nos dan un lugar en el mundo y desde luego que la aventura, la sorpresa y la improvisación son excitantes y divertidas, pero son muy pocos los capaces de adaptarse a ellas como modo de vida.

Pero la vida que es mucho más sabia que nosotros mismos, rompe continuamente esas certezas para asegurarse de que crezcas, para darte las oportunidades que necesitas para madurar según la edad y los cambios sociales exigen. Así que con frecuencia, cuando creías que todo estaba por fin dónde debía estar, llega la vida y hace explotar todo por los aires.

Pasa cuando la relación que mantenías y que era para ti tu hogar, se rompe, cuando habías construido un futuro en esa base y cada paso que dabas iba orientado en esa dirección. Pasa cuando el trabajo con el que pagas tus facturas, que sostiene tu hipoteca y te permitía vivir como vives, en esa rutina que mejor o peor te daba estabilidad, se acaba. Pasa cuando esa persona que tanto amabas y que tanto te ayudaba a hacer tu vida más hermosa, se va para no volver…Pasa cuando cualquier evento inesperado te sorprende con consecuencias que jamás habías calculado.

Y bajo todas esas circunstancias sucede el dolor, ese dolor que no por ser emocional se deja de vivir como si fuera físico, con falta de aire, dolor muscular, dolor en el corazón que no olvidemos que es un músculo. Puedes perder el apetito, el sueño, temblar, tener ataques de ansiedad, insomnio, miedo, incluso terror, volverte antisocial e incluso creerte que es el fin y que ese malestar que sientes durará para siempre.

Pero ante cualquiera de estas circunstancias la pura verdad es que sólo tienes dos opciones, dos.

Sentarte en ese dolor, creerte víctima de tu mala suerte, dejar que el miedo se instale y hacer caso a las voces apocalípticas que desde el miedo se convierten en terror. Y dejar que crezcan, que echen raíces, que se conviertan en tu realidad justificando así de alguna manera y aunque no seas consciente, tu inacción. Así estarás mal para siempre y podrás explicar porque no haces, hiciste o harás nada para salir de esa situación. Y entonces estarás perdiendo el tiempo, pues la vida no puso esa piedra en tu camino para que te sentaras en ella, si no para que la observaras, la estudiaras y aprendieras a superarla. Y si no lo haces, no te preocupes, volverás a encontrártela, tantas veces como la rechaces…

Pero sabes qué? Que tienes otra opción, la más sana, la que te dará seguro mejores resultados, la que en realidad la vida quiere que elijas, pero también la que cuesta más trabajo.

Soy una mujer determinada, fuerte, luchadora, no me rindo, pero sufro, y el dolor es profundo para mi como para cualquiera y uno de estos desastres me ha sucedido a mi. Un dolor que ha hecho mis ojeras muy profundas, que me ha hecho llorar, dolerme y aterrarme como le pasa a cualquiera. Pero hoy quiero contarte qué me salvó porque lo que me salvó a mi, podría salvarte a ti.

Antes de nada, honro y amo mi profesión con absoluta fe y devoción, así que cuando empecé a intuir que algo no estaba funcionando bien, lo primero que hice fue buscar ayuda, como yo misma habría recomendado a cualquiera de vosotros. Alguien, profesional, que me ayudara no sólo a entender y desenmarañar porqué me sentía tan mal, si no que me acompañó en el camino que era inevitable recorrer.

Y después acepté el dolor, asumí que duraría y dolería y que bloquearlo, luchar contra él o intentar hacerlo desaparecer sólo traería el efecto contrario, es decir, lo haría más profundo, más difícil y más duradero…Pero acepté el duelo y me dejé sentir, sentir el dolor, el shock, la tristeza profunda, la depresión, y hasta la ira. Los acepté sin miedo, sin juicio, con paciencia incluso con resignación. Y sabes qué pasó? Que no fue el final, no fue el Apocalipsis, y fue y es, una posibilidad de entender en qué me estaba equivocando y aprender, ahora sí qué errores no volveré a cometer. Lo juro, esto no me pasó a mi porque yo sea nada de especial, esto es el camino que recorrería cualquiera de vosotros ante un desastre inesperado si simplemente decidiera que iba a sobrevivir para ser más feliz que antes.

Porque la zona de confort es ciertamente calentita, pero la que está más allá del miedo es donde sucede la magia… Porque el dolor es duro pero no pretende durar para siempre, y además no mata, no esa su función, no tengas miedo, o tenlo, pero no dejes que te tumbe.

Las emociones por muy difíciles o dolorosas que sean, son siempre positivas, porque traen consigo justo lo que necesitas, pero tienes que escucharlas, sentirlas, dejarlas ser, dejarlas hacer, sin miedo, la vida no va jamás en tu contra, ni la suerte, ni el destino, sólo tú decides si te sientas en la piedra o si la destruyes con las armas que el desastre pone a tu disposición.

Mi vida se hizo añicos hace unos meses, pero con esos añicos hice una obra de arte amigas, porque sí, porque no acepto lo contrario, porque estoy decidida a ser feliz, porque me encanta la vida y la quiero vivir lo mejor posible. Y punto.

NO te rindas, NO desistas, NO temas, VIVE, crece, sal, aprovecha el desastre, aprovecha el dolor, porque puedo garantizarte algo, siempre, SIEMPRE, si adoptas esta actitud, saldrás del problema mucho más fuerte, más hermosa y más feliz de lo que entraste. Bienvenidos los cambios amigas, porque con ellos llega siempre la sonrisa…