La historia de un parto en casa, el dolor, el miedo y cómo la superación personal una vez más, te regala el verdadera éxito

 

 

Llegó, el pequeño Noam entró en mi vida como una explosión de amor gigante y se agarró a mi con la confianza y tranquilidad de quien ha compartido esa intimidad contigo durante 9 meses y fue pura magia.

Decidimos recibir al pequeño en casa por unas cuantas razones que no vienen al caso y no pretendo convencer a nadie de cuál es la mejor opción, simplemente fue la nuestra y esta es mi experiencia de un parto en casa.

No puedo comparar con un parto en un hospital porque sólo tengo la experiencia de terceros, pero yo personalmente y es sólo una opinión me lo imagino más frío, más aséptico y un poco más impersonal para el padre. Imagino o quiero pensar, que la madre conecta igualmente con su bebé, especialmente si no son separados al nacer, por limpiezas, incubadoras, o procesos varios. Pero seguramente el padre tiene la posibilidad de vivirlo de una forma más activa, involucrado y participativo, como un proceso en el que él mismo también es importante, y creo que esto para una familia, para crear una unión que es especial es muy interesante, pues de qué otra forma podría él valorar lo que es parir si no es viviéndolo en toda su autenticidad hasta el último plano.

Yo, por mi parte quería vivir mi embarazo de forma total, dolores y sufrimientos incluidos, hasta sus últimas consecuencias y esto incluía parir sin ningún tipo de ayuda, anestesia o proceso externo a mi misma y mis capacidades. La mujer lleva pariendo así toda la historia de la humanidad así que por qué yo no podría hacerlo igual. Sabía que supondría al mismo tiempo un trabajo mental y emocional muy intenso y ese tipo de retos personales me son siempre irresistibles…

Y así fue, pero mucho más intenso, emocional y personal de lo que el cine (que al final es la referencia que tienes de muchas cosas… maldito cine) me había permitido imaginar…

Como en una metáfora de mi propia vida, al principio todo fue excepcionalmente bien, yo trabajaba a toda máquina, fuerte y capaz, sin dudas ni miedos, incluso con una sonrisa de satisfacción en mi cara y hasta momentos de risas…. (Mi pareja asegura que hasta en el parto se me nota lo andaluza porque parí por bulerías…) Y así suele pasar en todo lo que he emprendido. Pero como todo cambia y nada queda, llegó el momento de la verdadera prueba.

 

 

Para parir de esta forma tienes que estar dispuesto a soltar. Soltar significa abrirte, conectarte, olvidar y permitirte que tus más oscuras miserias existan a pesar de todo y perdonarte por ellas, dejarlas existir contigo… Parir no es todo belleza, incluye una escatología y una intimidad a un alto nivel y si las tienes en cuenta sufres, te tensas, te cierras… y así no funciona.

 

 

Ahí estaban mis bloqueos, mis miedos más profundos, lo que me cierra contra lo que me abre, cuando las fuerzas del entusiasmo inicial ceden es cuando aparecen las debilidades y el trabajo se hace real, duro, doloroso y desesperante… Y crees que no puedes, que no sabes, que te equivocaste al pensar que serías capaz… Y eso da aún más miedo, y gritas y lloras y suplicas por favor que alguien te ayude y entonces… entonces es cuando sucede la verdadera magia.

En mi caso y por la decisión consciente que yo había tomado de ponerme a prueba y alejarme del contexto de un hospital, las opciones se limitaban a mí misma, ya no cabía esa ayuda, ni una cesárea, ya no cabía la posibilidad de que alguien hiciera el trabajo duro por mí, y cuando mi pareja me miró a los ojos y me dijo “tú puedes” entendí que no sólo podía, si no que además no tenía otra salida y entonces Noam empezó a trabajar conmigo… Entonces ese clic suena dentro de mi cabeza y las fuerzas que creía perdidas aparecen renovadas y convertidas en milagro… Después de horas de decirme a mi misma “no puedo”, pude ver la cabeza de mi hijo.

Un segundo después su cuerpo, caliente y tan perfecto sobre mi cuerpo, y sus ojos abiertos mirando el mundo, absorbiendo ya la vida, fijando sus ojos en los míos, reconociéndonos ahora sí cara a cara. Se agarró a mi pecho como si lo hubiera hecho siempre y me miraba… Y ambos nos enamorábamos, él por primera vez, yo quizás también.

Sólo mis miedos, mis bloqueos, mis vergüenzas, todo aquello que me puede impedir seguir adelante hicieron la diferencia entre un parto rapidísimo y perfecto y otro duro y difícil. Pero una vez más era un trabajo que necesitaba hacer, que ahora me abre las puertas de tanto conocimiento, de mucho más amor, a mi y a mi hijo, que lo ha vivido conmigo… Y a mí pareja que estaba tan presente como si fuera yo misma y espero que en algún lugar de su ser albergue algo parecido a lo que yo siento.

 

 

Y después de 12 horas de continuas contracciones, dolor, mucho cansancio, miedo, sangre y gritos, no lo cambiaría por nada. Cada vez que le miro recuerdo que tuve que superar lo peor de mí para poder dar lo mejor, y él es el impulsor y a la vez el resultado de ese trabajo.

 

 

La flecha de cupido me atraviesa cada vez que nos miramos y ya sabemos que no hay nada más hermoso ni que merezca más la pena, ni te haga sentir más feliz que el amor…

Gracias, Marco. Por no alejarte de mí ni un segundo, por confiar en mis fuerzas cuando yo no podía, por hacerme siempre reír y abrazarme de la forma que lo haces… ¡serás el mejor padre del mundo!