O cómo generar un PROBLEMA donde podría no haberlo

 

Ser hijo de padres divorciados, nos guste o no, hoy, siglo XXI, es más que habitual. Rondan los 50 mil menores que se convierten en hijos de padres divorciados al año, y se separan 7 de cada 10 matrimonios en este país… así que saca tus propias conclusiones. Pero vamos, que más allá de la fría estadística, mira a tu alrededor y dime, qué ves? Cuántos divorciados tienes cerca y de ellos, cuántos tienen hijos y más aún cuántos tienen hijos pequeños?

Pues eso, nada más que añadir.

Ya cuando yo era niña y de eso hace unas cuantas décadas, tenía a mi alrededor hijas de padres divorciados, lo conocí de cerca, bastante además y la verdad, nunca vi ningún trauma. Mas bien eran niñas felices que tenían una familia feliz de su mamá y una familia feliz de su papá. Dos casas, dos cumpleaños, dos reyes magos, hermanos llamados feamente hermanastros pero queridos igual. Y yo, hija de padres de toda la vida, las miraba casi con envidia…

Pues hoy, que es más habitual casi que ser hijo de padres que llevan una vida juntos, imaginaros qué pocas probabilidades tienen los niños de desarrollar un auténtico trauma por el hecho en sí de que sus padres empiecen una nueva vida en casas diferentes.

 

Hablemos claro y hablemos en serio. El problema no está en separarse, esa es una situación perfectamente manejable si se les dan las herramientas adecuadas, añado además que a los niños no hay que evitarles el dolor si no enseñarles a gestionarlo. Porque el dolor en la vida lo tenemos garantizado, pero como no aprendas qué hacer con él es cuando llegan los traumas.

 

El problema está en el cómo se separan los adultos, el trauma, llegará si los padres dejan que sus egos dominen sus actitudes y decisiones, priorizando la venganza, odio o rencor por delante del bienestar y las necesidades del menor.

El problema llegará cuando los adultos, los grandes, los que se supone que tienen que educar y proteger a ese niño le utilicen para hacerse daño entre sí, y empiecen a pelear delante de él, cuando hablen mal del otro progenitor delante de él, cuando impidan que tengan contacto simplemente por hacer daño al ex, y no se dan cuenta de que a quién hacen daño es a ese pequeño que no entiende porqué le pilla en medio de toda esa guerra campal. Que no tienen que odiar a su papá o a su mamá si con ellos han sido buenos…

Si sus progenitores se llevan bien, no notarán la diferencia entre amigos o novios, serán pareja, pareja de educadores y cuidadores, dos personas que se preocupan de su protección, y es ahí donde obtendrán la seguridad que necesitan para sentirse felices y explorar el mundo, nada más. Los niños no entienden de sexo, ni falta que les hace, es más, cuando empiezan a entender, no quieren saber. Les importa un pepino si papá y mamá hacen el amor o se dan besos de tornillo. Lo que los niños quieren es que se lleven bien, o como mínimo que no tengan que esquivar los platos cuando empiezan a volar sobre sus cabezas. Pequeñas y flexibles cabecitas, para las que sería perfectamente natural ver a sus padres con otras parejas si eso significa que están de buen humor y contentos. Niños que disfrutarían y participarían con alegría de sus nuevas vidas, si eso no supusiera la ira en la cara de quién no le toca ese fin de semana…

Niños que disfrutarían de la felicidad de sus padres si nadie viniera a envenenarles la vida diciéndoles que eso está mal, que su vida será una desgracia, que estarán toda la vida traumatizados, solo porque sus padres, uno de ellos

o los dos, decidió que su felicidad estaba en otro lado. Y que teniendo la oportunidad de enseñarle que en la vida se lucha por estar bien, la pierde dedicando sus discursos tanto mentales como en voz alta a transmitir que su vida es una mierda porque no supo entender que cada uno es el único y último responsable de su propia vida.

 

Sí, ya sé. La familia es lo primero. Lo ideal son unos padres juntos, para toda la vida…sí, lo firmo, lo compro. Y ojalá fuera más fácil conseguirlo y no estuviésemos condenados como seres humanos a evolucionar, sin poder elegir si necesitas hacerlo en la misma dirección de tu pareja o no…

 

Y la triste realidad es que no elegimos hacia donde crecer, hacia donde madurar, hacia donde vamos cambiando. Eso lo hace la vida misma sin preguntar, y con frecuencia, el camino no coincide, y eso no tiene nada que ver con la maldad o la bondad, la fidelidad, la lealtad o la religión. Tiene que ver con la salud, la mental, la emocional y la física (sí, la física también).Y cuánto más tiempo compartes con una persona más probabilidades hay de que crezcan en direcciones incompatibles. Porque la juventud es el momento del cambio, y hoy, esa juventud dura muchos años… y coincide, oh causalidad, con las edades en que el reloj biológico ya te regaló un hijo, o los que sean.

Pero llegará un momento en el que el cambio sea moderado, calmado, tranquilo, y ya ligar no sea divertido y el ego no tenga tanto hambre. Ese momento en el que los rencores se han dormido y uno empieza a encontrar la paz en las pequeñas cosas. Lástima que entonces las arrugas ya no se puedan esconder y el cuerpo no responda como antaño. Porque entonces los niños habrán crecido y ya llevarán el trauma con ellos al psicólogo. Pero párate y piensa. Es ahora cuando puedes evitarlo, y quizás no tengas que arrepentirte. Porque cuando sucede un divorcio, el ego no importa, sólo importa el menor. Si lo que quieres es protegerle, protégele de tu ego.