A tus hijos y a cualquiera…

 

Asociamos el instinto de protección con los padres, ¿verdad? Sin embargo es cosa de todos, no sólo como especie, también como individuos.

De hecho es universal la tendencia a la protección, propia y de los otros. Vivimos tratando de evitar disgustos a nuestros hijos, obvio, por eso no les dejamos jugar a determinadas cosas, o les forramos de bolas de plástico si van a montar en bicicleta… Pero también a nuestros cercanos, familia, pareja y amigos, por eso, mentimos muchas veces, por eso tragamos situaciones insufribles que creemos que evitan dolor a alguno de ellos o hacemos cosas que no queremos realmente hacer, soñando que así alguien que no somos nosotros se pondrá contento. Y desde luego a nosotros mismos, cuando dejamos que el miedo domine las decisiones que nos puedan acercar mínimamente al dolor, sufrimiento o riesgo. Y formando parte del instinto humano de supervivencia es más que necesario, nada que objetar, el problema no es protegerse, si no cómo te proteges.

 

De entrada, el objetivo más habitual es que nuestros niños, o nuestros seres queridos no tengan que vivir ningún tipo de situación o circunstancia que conlleve sufrimiento, o incluso riesgo para la vida, pero sobretodo, que implique sensaciones o emociones desagradables o incómodas.

 

Y esto no sólo es que sea imposible y, con lo cual, completamente frustrante, si no que además es contraproducente porque cuanto menos dificultades tenemos que afrontar menos preparados estamos para afrontar ninguna, y esto significa que el número de situaciones potencialmente amenazantes se multiplica exponencialmente conforme tratas de evitarlas. Cuanto menos herramientas tienes, más situaciones amenazantes te vas a encontrar.

¿Qué pasa? Pues que la verdadera protección no pasa por no sufrir si no por aprender las herramientas para afrontar el dolor. Que en la vida de cualquier ser humano, por corta que sea, no se presenten dificultades es completa y absolutamente imposible, ya un recién nacido siente estrés, miedo y sufrimiento al ser separado la primera vez de su madre, aunque esta siga en la misma habitación, basta que no la localice visual o auditivamente para que crea que ha desparecido y que puede no volver a aparecer nunca más y eso le hace sentir un terror que se siente y se vive como el mismísimo dolor físico. Pero es que además, en el día a día de cualquier hijo de vecino mayor de 18 años, los riesgos, miedos o posibles desilusiones son potencialmente infinitos, lo que pasa es que muchos de ellos hemos aprendido a superarlos, y es justamente eso lo que hace que desaparezcan de la lista de amenazas.

Por eso ya no sufrimos terror cuando mamá desaparece de la vista, porque ya sabemos qué hacer, y no es que no deseemos que nuestras madres nos sobrevivan, sino que como adultos tenemos las herramientas para sobrevivir a semejante dolor.

De modo que protegerse no va de evitar, va de aprender. Primero, que podremos salir victoriosos de casi cualquier situación. Y segundo aprender qué recurso vamos a tener que aplicar a cada tropiezo, o jugarreta de la vida, que por otro lado es una “graciosilla”, y se las pasa poniéndonos por delante todo tipo de situaciones precisamente para forzarnos o al menos estimularnos, justamente a aprender cómo salir adelante…

 

Según esto, cada vez que evitas que tu hijo se suba a ese juego, que vaya solo a un lugar determinado, o que pruebe a hacer algo nuevo, aunque en tu mente se dibujen los escenarios más apocalípticos, lo mejor que puedes hacer es dejar que se ponga a prueba y acompañarle.

A una distancia prudencial para poder intervenir si realmente hay un riesgo para su vida, pero nunca evitarle el esfuerzo de superar el reto, pues si lo haces así lo que estarás criando será un inútil, temeroso y débil que el día que no te tenga a su lado para hacer “x” cosa por él, se ahogará en un vaso de agua delante de cualquier conflicto.

Y el mismo principio es aplicable a cualquier adulto, exactamente igual que los niños, si quieres adultos felices enséñales a vencer el miedo. ¿O acaso los adultos no pueden aprender? ¿A qué edad creen los defensores del “soy así qué le vamos a hacer” que una persona mayor deja de aprender?

No, la cosa no va de evitar el sufrimiento, va de aprender las herramientas para combatirlo… esta es la ecuación correcta.

Aquellos adultos que optan por aprender cada día, y aplicar lo que aprenden, son las personas felices que pueblan el mundo, pues cada día encuentran un motivo para felicitarse y sentirse orgullosas y satisfechas. Son las que saben que cualquier situación por difícil o desagradable que sea, no podrá con ellas, pues si no tienen el recurso adecuado en la lista, será la mejor ocasión posible para aprender uno nuevo…

Y tú ¿que dices? ¿Quieres evitar o te apuntas a vencer?