La milésima de segundo más importante de tu vida

 

 

Hoy quiero situarme en la posición más complicada de todo proceso de cambio: el momento exacto en que se produce. Es decir, esa milésima de segundo previa a tomar la decisión definitiva, de hacer el titánico esfuerzo de pasar del estado conocido en el que algo falla y no te sientes bien, a uno nuevo y desconocido en el que supones bienestar pero que implica la fuerza de mover montañas.

No es fácil para nada la decisión, ni de lejos es fácil dar ese paso, cuando la rutina, el hábito largamente instalado dentro de nosotros es tan fuerte y su raíz tan larga que por mucho que brille el sol al otro lado, pareciera que las sombras son más seguras, más conocidas, más tranquilas.

 

 

Y te preguntas si merecerá la pena el esfuerzo, si no será que estás equivocada y en realidad no es tan mala tu vida, si no será que no es necesario o que has estado exagerando porque eres una quejica o has visto demasiadas novelas… Y entonces buscas desesperadamente una justificación para no moverte de donde estás, aceptar lo que vives aunque con frecuencia te haga sufrir lo indecible con tal de retrasar, otra vez, el paso definitivo.

 

 

Muchas veces encontramos esa justificación, el autoengaño funciona sobresalientemente y nos damos una tregua de nuevo antes del inevitable momento en que volverás a sentir que necesitas un cambio y que sólo tú puedes hacer algo para conseguirlo. Pero mientras, esa tregua, ese dejarlo para “más tarde”, ese “todavía puedo aguantar”, o “no es en realidad tan grave”, ese “soy yo que tengo un mal día, serán las hormonas”… Te da un momento de descanso. Un curioso descanso que reposa en la ansiedad de saber dentro de ti que estás engañándote de nuevo, pero un descanso que nace de evitar otra vez, tener que realizar el salto al vacío. Aunque el vacío sea el lugar más maravilloso para vivir tu futuro y lo sabes.

Pero es que no es fácil, porque da vértigo, pereza, miedo, vergüenza admitir que otros tenían razón y tú estabas equivocada, pánico a asumir las consecuencias del cambio. Un cambio que puede suponer despedidas, pérdidas, juicios, lo desconocido… Pero también ganancias, serenidad, alegría y la emoción de descubrir día a día un nuevo horizonte largamente retrasado y que sin embargo era y lo sabías dentro de ti, exactamente lo que necesitabas.

Pero es que es muy difícil. De dónde podrías sacar las fuerzas para que sonara en tu mente ese “clic”?, para admitir frente a quien ya te lo advirtió que tenía razón, para afrontar “esa conversación” con “esa persona” que sabes que puede sufrir con tus decisiones, o para dormir por la noche con la inseguridad de que la rutina cambió y ahora sólo tú serás la dueña de tu destino…

Y la respuesta sólo es una, lamentablemente, y no existen varitas mágicas, ni pociones milagrosas, ni palabras claves o nadie que lo haga por ti. Sólo cerrar los ojos y “hacer” sin pensar otra vez, puede permitirte salvar el abismo que separa lo malo conocido de lo bueno por conocer.

 

 

Dejar de pensar, dejar de razonar, explicar, buscar el porqué, el cómo, el cuándo y hacer, sin más. Dejar de analizar en tu mente para simplemente escuchar y respetar a ciegas lo que tu instinto, tus tripas y tus ganas te gritan desde tan profundo. Hacer, hacer por fin, de una vez por todas y hacer por ti.

 

 

Ignorar el ruido de todo lo que te han dicho, de todo lo que opinan ellos, lo que se supone qué, lo que deberías, lo que es “mejor para ti”, y simplemente ser tú…

Y si estás así, si sabes que necesitas hacerlo, si eres consciente de que llevas mucho tiempo retrasando lo inevitable y esa voz dentro de ti es cada mañana y cada noche más presente. Ha llegado el momento, no lo pienses más. Vive, tu felicidad está ahí, al alcance de ese paso que luego sabes que no será tan difícil y que te hará respirar el alivio de saber que fuiste valiente y por fin, ha llegado tu momento…