El contagio emocional 

La verdad creo que tengo suerte. Bueno, no lo creo, lo sé, lo tengo clarísimo, pero además de suerte, digo yo que las elecciones que tomo en mi vida tendrán algo que ver.

Hablaré más claro. Mi niño, con 4 meses ya, tiene su vida social, claro, por ahora entre humanos muy grandes con muchas ganas de tenerlo en brazos. Cuánto es irresistible unas carnecitas pequeñitas, redondas, blanditas y suaves, ¿verdad? Es imposible no desear tenerlas apretaditas, especialmente cuando este puñadito de carnes es tranquilito, sonriente y está a gustito.

Porque si el niño en cuestión está nervioso, patalea, se retuerce o llora, pues entonces no, no es tan apetecible, y de ahí mi suerte. Yo digo, realmente me siento afortunada de que este nuevo ser que vive con nosotros sea tranquilo y sonriente, no llore mucho y le guste estar entre la gente (yo siempre pensando en que no se cómo reaccionará cuando yo no esté, pero la verdad es que él ¡ni cuenta se da¡), pero ¿es fruto exclusivo del azar? ¿o hay algo de mí en ello?

Cuando me han preguntado qué he hecho para que mi niño sea tan tranquilo, no he querido responder, pues no soy nadie par andar por ahí aleccionando sobre educación. Pero el hecho de que me lo pregunten tanto me ha hecho pararme un poco más a pensar en ello y he llegado a la conclusión de que el contagio emocional tiene que jugar un papel importante en todo esto.

Es decir, si yo estuviera nerviosa, estresada, o asustada permanentemente, ¿mi hijo sería así de tranquilo? Y la respuesta es rotundamente NO, pues de hecho, cuando yo, o su papá, estamos con los nervios alterados, él lo absorbe inmediatamente y lo refleja de la única forma que sabe y puede, es decir, llorando, moviéndose, retorciéndose, y convirtiéndose exactamente en ese bebé que apetecería menos tener en brazos.

Y es más, cuando así sucede, la forma realmente efectiva de lidiar la situación es pararme a respirar, llenarme de paz y paciencia y agarrarle, abrazarle y susurrarle calma como si de un elixir de la serenidad se tratara y el resultado… ya sabéis cuál es. Mi tranquilidad se convierte en la suya, la mía o la de su padre, porque de alguna forma, para él estamos unidos en el plano emocional y bueno, así es en la realidad. Sin habernos parado tanto a pensarlo, establecimos ciertas normas en la convivencia familiar.

 

 

Por ejemplo, no discutir nunca delante de él, esforzarnos en evitar peleas absurdas, escuchar más música, pasear mucho, y rodearnos de personas y situaciones que nos generen bienestar y ahora pensándolo más detenidamente, es probable que haya sido y sea precisamente esa la clave.

 

 

 

Así que si mi hijo es tranquilo, debe de ser también, suertes a un lado, porque el ambiente en el que está creciendo es exactamente así.

Ahora, pensemos en los adultos, y lo podemos ver aún más evidente. Si entramos en una habitación o nos unimos a una reunión donde los nervios están crispados, somos capaces de notarlo antes incluso de que nadie diga una sola palabra; la tensión se puede notar en el aire, es como una electricidad palpable, algo que casi puedes tocar y que nos demuestra que las emociones tienen algo de aéreas y de contagiosas, que se trasladan por el aire, se siente, se huele y se traspasa, también si tú no quieres, también si tu mente grita que hay que establecer un muro defensor. Es difícil escapar a su influencia.

¿Cómo podría pues no dar por sentado que el estado anímico de unos padres afecta directamente a la formación del carácter del hijo? No puedo, porque estoy viviendo en propia piel que la transmisión es inmediata y previa incluso a la conciencia. Al revés, no puedo dejar de concentrarme en la importancia que adquiere siempre más el llenar mi mente de pensamientos constructivos y positivos para mí, reduciendo al máximo la entrada del miedo y el estrés.

Así que no es por atribuirnos todo el mérito, -que algo hará la fortuna en esto, por conservar intacto un espacio a la modestia-, pero si quieres hijos tranquilos, amigos tranquilos, y una vida tranquila, la única forma de conseguirlo es siendo tú misma transmisora de tal mensaje. Así de forma casi mágica te rodearás de aquello que desprendes y construirás con esas herramientas tu vida, el lugar en el que vives y que debe ser el más apacible y armonioso, o mejor dicho coherente con lo que sueñas vivir.

 

 

El contagio emocional es algo con lo que vivimos a diario, inevitable, contundente y casi definitivo. Y creer que aquello que nos sucede es sólo fruto del azar, la suerte o las circunstancias es restarnos todo el poder y control que tenemos sobre nosotros mismos. Y no sólo debemos de hecho ejercerlo y bien, pues en un mundo, tu mundo, lleno de armonía y paz no cabe la guerra, ni el dolor ni la destrucción.

 

 

Ahora la decisión es tuya, ¿en qué mundo prefieres vivir?

La foto que acompaña este post es del genial Stephane Joseph, no dejes de visitar su página y conocer su trabajo.

Y Gracias, Estefanía… ¡por inspirarme este post!