Hay dos formas de vivir la tristeza y he tenido la inmensa suerte de vivir las dos.

Últimamente en especial y como no soy de ahorrarme ninguna emoción por muy desagradable que esta resulte, he tenido raciones grandes de tristeza, a palazos, a granel… y como sé que a ti te puede haber pasado lo mismo, escribo este texto, para ti, para que te ayude como me ayudó a mi, a vivir el dolor, sin miedo.

He ido a rastras por un tiempo indefinido y por motivos que no me apetece exponer por respeto a mi intimidad y la de las personas que han formado parte de este período, los motivos no son importantes, porque seguro que a ti también te ha pasado en algún momento, por el motivo que sea.

El primer tipo de tristeza, el que me ha tenido a rastras, el que me ha hecho dolerme, sufrir, llenarme de ansiedad y miedo, que me hacía pensar que duraría para siempre, que este dolor nunca se iba a acabar, ha sido inmensa, bloqueante, empobrecedora, ineficaz. Un periodo devastador, agotador, aterrorizante.

Es ese momento en el que dejas que el secuestro emocional que se produce cuando una circunstancia te supera o te sorprende toma el control y tú te dejas dominar sin poner ni hacer nada al respecto. Ese momento en el que solo sientes miedo y una necesidad inmensa de que se acabe. Es cuando sientes que tocas fondo, que mejor sería desaparecer porque nos estás capacitada para salir de esta.

Pero siempre hay una buena noticia, y es que después de hundirte tanto que tocas el fondo con toda la palma de tus manos, no tienes otra salida que aprovechar el apoyo en el suelo para impulsarte hacia arriba con todas tus fuerzas.  Ahí descubrí, poco a poco, sin grandes alharacas, que la tristeza puede vivirse de otra manera y ésta, duele igual, o parecido, pero es útil, eficaz, necesaria y que permite que el oxigeno vuelva a llenar tus pulmones. Es aquella emoción que cumple su función, la que tu cuerpo te hace vivir y sentir porque la necesitas para algo. Seguramente para tomar una decisión correcta, o para deshacer alguna en la que no te fuiste fiel y que te lleva irremediablemente a perder la calidad de tu vida.

Te preguntarás entonces cómo se hace para permitir que eso suceda, porque ya con que duela menos nos podemos conformar, si además dura menos es un regalo, y si encima consigo sacarle provecho, entonces todo tendría sentido.

Pues hay una sencilla pero complicada manera de conseguirlo que pasa inevitablemente por aquello que justo no queremos hacer que es aceptar. Aceptar la emoción en toda su dureza, en toda su crudeza y confiar en que su aparición forma parte de una misión mediante la cual tu cuerpo quiere protegerte y guiarte hacia tu felicidad. Camino que normalmente no se desarrolla por donde nosotros creíamos, por donde nosotros habríamos preferido, y que sin embargo va exactamente por el camino que debe ir.

Aceptar deriva en serenidad, confianza y esto tiene como consecuencia una reducción significativa de la ansiedad, del bloqueo, de la contracción muscular, del miedo… y cuando consigues reducir todos estos ingredientes, y esta es la única forma de hacerlo, al mínimo imprescindible –literalmente-, encuentras una tristeza que tiene un sabor casi dulce, que apapacha (término Nahuatl que significa abrazar con el alma), que cuida y mima, que protege.

Desde ahí es desde donde puedes empezar a recuperar la ilusión por la vida que tan fácil es perder en los períodos de tristeza. Ahí es donde la esperanza te espera, ahí es desde donde vuelves a ver los rayos de sol que salen de entre las nubes de tormenta.

Esta otra forma de vivir la tristeza no te va a ahorrar dolor, pero entenderás que tampoco mata, no convertirá tu vida en una fiesta ni la llenará de risas, es un hecho, pero basta con no vivirla con un excedente de miedo, para que tu mente, en vez de concentrarse en los pensamientos apocalípticos y destructivos, pueda concentrarse ahora sí en las soluciones, en construir posibilidades, encontrar salidas, en entender en definitiva el mensaje que esa pena trataba de hacerte entender desde el principio y que tú con el agobio no conseguías ver con claridad.

Nunca podrás saber con antelación si una decisión tomada será un acierto o un error si mido ese éxito en función de mis propias expectativas, pero es mucho más fácil entender que el verdadero error es no tomar decisiones por el miedo a equivocarte. La mayoría de las veces, me equivoco y acierto a la vez, a ratos, a intervalos, porque cada situación, cada vivencia conlleva ambos, no hay nada que puedas vivir que vaya a ser 100% perfección sin conflictos, así que el único error es no serte fiel, ser incoherente con tus propias e íntimas necesidades, y para escucharlas, debes eliminar todo el ruido del miedo, ya te he contado cómo, aceptando lo desagradable del momento sin contarte que durará para siempre.

El lugar exacto donde vive el instinto, ese punto concreto donde nacen tus emociones, ahí, en las entrañas más profundas, es donde reside tu “yo” más auténtico, el que más te ama y te respeta, el que sabe mucho mejor que tu razón lo que necesitas. Es el lugar desde donde oyes esos gritos que tu miedo trata de desoír una y otra vez. Pero tu instinto vela por ti, por tus intereses y tu felicidad. Y solo el miedo te impide seguirlo, el miedo a sentir esa tristeza, ansiedad, o dolor que traen de la mano los grandes aprendizajes, los grandes pasos vitales que harán de tu vida un lugar indudablemente mejor. Pero las emociones no matan, ayudan, guían, enseñan, si las dejas ser.

Así que bienvenida la tristeza si la puedo afrontar con esa serenidad que da la confianza en la naturaleza, en la vida, el universo y la inteligencia de mi propio ser. Bienvenido el desastre que volverá a poner en orden mis errores y restablecerá el equilibrio que mi vida requiere para recuperar su sentido