“El peso demoledor de las palabras”

Nuestro cerebro, dispone de mecanismos ancestrales, cuyos recursos están orientados a potenciar nuestra cualidad humana, independientemente del momento cultural o histórico en el que nos encontremos. Ya que como especie estamos preparados para todo, lo demuestran siglos de historia, aunque como seres humanos nos empeñemos en destrozar nuestro propio mundo..pero esa, es otra historia.

La culpa es uno de ellos.

Duele, ahoga, reprime, enajena, anula…es terrible la culpa y sin embargo, la culpa tiene también una función positiva. Porque nada en la vida sucede porque sí, todo tiene un sentido, un objetivo, una función, dos polos, negativo y positivo. Y la naturaleza, que es mucho más inteligente que cualquiera de nosotros, incluso que todos nosotros juntos, la ha puesto ahí por alguna razón.

La culpa es hija de la cultura, la religión, la educación, pero la sensación física que la acompaña es objetiva y real. Te hace enrojecer, hace subir el calor hasta tus orejas, puede provocar llanto, parálisis, enojo, y sobretodo, en cualquiera de los casos, nos obliga a recalibrar nuestros actos. Nos obliga a pensar en nosotros como agentes ejecutores, nos sitúa en una frágil posición de imperfección y como tal, nos obliga a gobernarnos, a controlar nuestros impulsos, a pensárnoslo 2 veces, a aprender. Y todo ello ofrece la magnífica posibilidad de empezar de 0 en una realidad más completa, más adecuada, más perfecta que antes…en suma. Más humana, mejor.

Pero es la palabra, y no el mecanismo cerebral, el que duele. La palabra culpa va cargada de historia, una carga cultural inscrita a fuego en nuestro subconsciente. Una historia de dolor, de castigo, de reproche, decepción, hasta de muerte.

Tan sólo porque el lenguaje es así, viene cargado emocionalmente y según la palabra que elijas puedes hacerte un daño paralizante, o regalarte una carga estimulante de crecimiento. La culpa, no es mala en sí misma, es sólo una palabra, que podemos sustituir por otra que significa lo mismo, pero que sí es justa, que deja abierta una ventana a la posibilidad de restablecer el equilibrio, de construir en vez de destruir, la responsabilidad. Porque cuando hablamos de responsabilidad el ahogo desminuye hasta límites honestos, reactiva tus músculos y tu cerebro para la acción, no anula, crea.

No te dejes engañar. Por culturas antiguas, por el cine, o la música, que a veces habla de culpa como habla de un mundo en el que las personas son blancas o negras, buenas o malas, culpables o inocentes..Porque todos somos en algún porcentaje responsables de lo que nos pasa..Siempre¡ La responsabilidad en un conflicto es siempre compartida.

Así que respira, tranquil@, no es el final..si te sientes culpable por algo, analízate pero no seas cruel, aprovecha la ocasión para encontrar dónde debes reforzarte, qué creencias ya no te sirven, qué personas ya no te deben acompañar en el camino o qué actitud es mejor cambiar para adaptarla a tu realidad. Porque hacerte responsable de tus actos es la única manera útil de reaccionar, sólo cuando te haces con el control sobre tu conducta, cuando aceptas quién y cómo eres puedes cambiar realmente. Porque hacer que nada pasó o que fueron otros los “culpables” te hará siempre más pequeñ@.

Y pide perdón si hay otra persona implicada, lo merece. Eso te hará crecer y sanará la relación. El perdón es el agua oxigenada que cura las heridas y la responsabilidad es el bastón donde apoyarte para aprender a caminar de nuevo.