El estruendoso ruido que contiene el silencio

 

El silencio es un regalo que muchos rechazamos despectivamente. De hecho empleamos un montón de tiempo, energía, recursos y hasta dinero en tratar de neutralizarlo. Le tenemos un miedo terrible, tanto que somos capaces de encontrar un millón de formas de dejar de oírlo, aunque ello implique llenarnos la cabeza de ruidos absurdos, de contaminación acústica a granel, de pensamientos irreales, de creencias dañinas, de basura en definitiva.

Así que llegamos a casa y encendemos la tele, aunque no nos interese nada de lo que pongan, neutralizamos los pensamientos a base de encefalograma plano, piiiiiiiip.

Gastamos miles de euros en el último teléfono que nos asegure que en cada momento, donde sea que estemos, tendremos el ruido que necesitamos para acallar el silencio, no vaya a ser que nos dé por pensar y escuchemos las voces internas. No vaya a ser que nos conectemos con nosotros mismos y tengamos la gran suerte de escuchar a nuestro instinto y haya que llevar la contraria al mundo entero…

Que tengo que tomar una decisión importante? Pues llamo a mi madre, a mi padre, a mi amiga, a mi novio, a mi hijo o al cristo que lo fundó para ver qué opinan, preguntar qué harían, seguir su consejo, y la última de las preguntas es, qué quiero yo? Porque si me pongo a escuchar las voces de mis sensaciones, las que se dan en el silencio, me muero de miedo, ellas son siempre las que más miedo dan, las que más quiero acallar, las que menos escucho.

Que no me convence lo que me dicen otros, porque resulta que eso me pone en una posición en la que no quiero estar, entonces, me voy a buscar un artículo, a googlear, a buscar información de debajo de las piedras con tal de encontrar el argumento que apoye mi miedo y me de la razón, todo menos escuchar a mis tripas.

 

Pero el silencio siempre vuelve, busca su lugar, su momento. Una y otra vez te persigue y trata de hacerte escuchar calladita, las voces  que nacen desde tus entrañas, las que hablan desde la amígdala, ese cerebro primitivo que está inevitablemente conectado con mi yo más real y puro y que sabe exactamente lo que de verdad necesito. Pero la callo, callo el silencio porque le tengo miedo, porque me va a exigir, porque me va a obligar a enfrentarme a mi mismo, a crecer y superarme, a realizar el titánico esfuerzo de vencer y aceptar el silencio como amigo.

 

El silencio siempre está ahí, y si tan sólo dejáramos de huir para escucharlo tendríamos la respuesta a todas las preguntas, mejor, nuestras respuestas a nuestras preguntas, y ahí nunca hay error, aunque lo parezca, aunque aquellos a los que desoíste, los que te daban los consejos más preciados, estén en desacuerdo con tus pasos…

Solo el silencio, ese que encuentras cuando sacas toda la basura de tu cabeza, cuando te atreves a pensar en ti en vez de en algún otro, ese que te habla bajito o a gritos, y que es tan difícil escuchar pero que siempre lucha por hacerse presente, sólo él te conoce.

Por eso la meditación es tan maravillosa, porque te desconecta de todos los ruidos, de todos los “sabios consejos”, de todos los futuros y pasados que te aplastan con sus historias, porque en el aquí y en ahora, sólo puedo estar en paz con lo que soy, con lo que hay, con lo que deseo, y ahí nunca hay error.

Cada cosa que pasa en tu vida, cada cosa que te pasa a ti, pasa porque necesitas vivirla, porque necesitas superarla y aprenderla, aprehenderla, y salir adelante, y tratar de entorpecer ese camino de aprendizaje a través de la excusa de que otra persona, libro o canción que dijo que hicieras lo contrario sólo provocará que el destino o llámalo “x” vuelva a poner frente a ti una y otra vez la misma piedra, para que o vuelvas a tropezar o la saltes de una vez por todas.