Buscando a mi media naranja, me quedé con el limón: Las curiosas leyes naturales de la atracción

 

 

No es casual que el mundo gire en torno al amor, a fin de cuentas, algo necesitaba inventar la naturaleza para animarnos a tener descendencia, y si eso no es lo que hace girar el mundo, que bajen las diosas y me lo expliquen. Porque el dinero sí, también, pero el dinero no tiene útero… ni gónadas, así que de dinero nada amigos, lo que nos hace seguir adelante, al menos como especie, es el amor.

El amor, y sus consecuencias. También si ahora intentamos eliminar la asociación relación-reproducción, la historia y la genética obliga. Y por mucho que leamos, o veamos por todas partes que la familia ya no es importante, que las relaciones son cibernéticas, que ya no nos interesa el tú a tú… mienten, no es cierto… Nunca habrá nada más importante que el cuerpo a cuerpo, por mucho que la tecnología avance, nada sustituirá la atracción de la piel, y si no que le pregunten a las parejas enamoradas qué prefieren, si chatear o comerse a besos.

 

Y cuando nos enamoramos, conscientes o no, buscamos un amor que sea el reflejo de nuestro sueño, de lo que hemos visto en la tele, oído en la radio, o aprendido a base de tópicos escritos en la carpeta de la escuela.

 

 

La media naranja, nuestro “otro yo”, el que se parece tanto a nosotros mismos que asusta. Y decimos cosas del tipo “es que parece mentira que nos parezcamos tanto”, o “le miro y nos entendemos porque somos iguales” o “nunca pensé que encontraría a nadie tan perfecto para mí” “eres yo pero en chic@“… o ¿no habéis dicho nunca una frase de estas?

Es cierto que no nos programamos de forma consciente para eso, ya hemos visto otras veces cómo las hormonas hacen ese trabajo por nosotr@s sin preguntar siquiera. Pero de hecho, las diferencias nos atraen también, aunque después de un primer análisis racional del asunto, normalmente lo que nos sorprende y sumerge en un mundo de fantasía color de rosa, es cuando empezamos a descubrir las semejanzas, tanto que nuestro cerebro (ya lo hemos visto en otros post), segrega unas hormonas especialmente diseñadas para localizar similitudes y si no las encuentra, las crea, que si no, esto no funciona.

Y es que en el amor, casi siempre buscamos esa persona que se acople a nosotros tan perfectamente que no necesitemos luchar por encajar, ni pelear las diferencias, que no nos lleve inevitablemente a querer cambiarle para que sea tal cual lo soñamos. Buscamos ese ser, que encarne la versión mejorada de nosotros mismos, la mejor expresión posible de mi yo, pero en versión perfecta, porque además, seamos honestos, al otro no le perdonamos lo que no soportamos de nosotros mismos, por eso, debe ser la versión 2.0 de eso que yo siempre he creído que debo ser… tal cual.

Con una salvedad, que somos mucho más exigentes con el otro, que con nadie, porque de mí no puedo deshacerme, pero de ti sí, y cómo metas la pata, agarrarás el caminito rápido, o al menos, te voy a hacer pasar las de Caín, porque no soporto que cometas mis errores porque yo no me soporto al cometerlos.

Sin embargo, sería mucho más útil, justo, sano, lógico, equilibrado, si en vez de buscar una persona tan parecida a mí, pero sin mis defectos (y sin ninguno más, por supuesto), programase mi radar para encontrar personas diferentes, porque sólo lo diferente te complementa, sólo lo diferente te enriquece y su idiosincrasia, es tu inagotable fuente de aprendizaje y admiración.

 

En la diferencia está el tesoro de donde podré extraer todo lo que a mi me falta, contagiarme de ello, aprender y superar mis errores al mirarme en un espejo que me da precisamente una imagen distinta. A fin de cuentas, ¿cómo puedo crecer si siempre hago lo mismo?

 

Por eso apreciar (en vez de combatir) las diferencias es lo mejor que nos puede pasar. Y perderle el miedo, perder el miedo de chocar, de no coincidir, de ser distintos. Y aprender a apreciarlo, a valorarlo, a sentir cómo la diversidad me ofrece la oportunidad de ser mejor, porque eso es lo que consigue y así es cómo puedo llegar a ser yo misma esa versión 2.0 de mi persona original, porque no me interesa que tú seas mi yo mejorado, me interesa serlo a mí… que ya tienes tú bastante trabajo mejorando quien tú eres… y gracias, gracias por ser lo que yo no soy, porque ¿cómo podría entonces descubrir el camino que aún tengo que recorrer?