El desapego y algo más…

 

 

El desapego sabe feo, feísimo. Da pereza y hasta duele, porque una vez que has hecho el esfuerzo requerido para conseguir algo, dejarlo ir no tiene ninguna gracia. No estoy pensando en algo material ni tampoco en algo emocional, sino en el desapego en general, pues en ambos casos la sensación es desagradable.

La parte positiva, porque todas las cosas tienen ese lado aunque a veces esté escondido, es que una vez que has superado lo mal que se siente dejar ir, llega la recompensa, la conciencia de saber que lo hecho, bien hecho está. Y tanto cuando consigues dejar tras de ti la necesidad de lo material como cuando dejas ir a esa persona que no habrías alejado por nada del mundo, pero sabes que así tiene que ser, la conciencia descansa, y uno se reencuentra consigo mismo debiendo volver a su mundo y a su propia vida sin adornos ni compañías ni bastones de ningún tipo. Tú y tu vida, en crudo.

Hace años le eché valor a la práctica y después de acumular un millón de cosas de un millón de años atrás en el garaje de mis sacrificados padres, decidí hacer una limpieza y sacar de mi vida todo aquello que ni recordaba que existía o que no había necesitado por los últimos tres años. Resolución final: mis primeros treinta y cinco años quedaron reducidos a tres cajitas y una mochila (también debo confesar que claramente a partir de esos treinta y cinco años empezó una nueva etapa de acumulación absurda que deberé volver a limpiar en algún momento indefinido).

Reconozco que me arrepiento de haberme deshecho de un par de cosas. No en sentido figurado, sino literal, de dos cosas me arrepiento, pero soltar lo demás me dio una libertad que no había sentido antes. Me sentí liviana, libre, en paz. Con la seguridad aplastante que me daba haber hecho algo bien. Igual parece absurdo, si tuviera un trastero gigante y no hubiera necesidad de hacer espacio (cosa que sí tenía sentido hacer en el garaje familiar) quizás acumularíamos sin fin (¿apuntes de 7º de EGB?), cajas llenas de cosas que ni siquiera recordamos haber tenido alguna vez. Quizás no es importante, puedes pensar, sin embargo, el efecto para mí fue fantástico y mereció la pena aunque solo sea por el gusto que me dio regalar muchas de aquellas cosas a alguien que sí las pudiese disfrutar.

Ahora, busquemos un ejemplo en lo emocional, algo relacionado con las personas, porque con ellas también funciona y se produce la necesidad del desapego.

 

 

Imagina que no fueses emocionalmente capaz de despedirte y seguir viviendo sin una persona que lamentablemente fallece, o que fuese impensable para ti dejar que un hijo hiciera su propia vida. Imagina la dimensión del sufrimiento y piensa qué sería del resto de tu vida si no sacases a pasear tu capacidad de desapegarte de algo o alguien.

 

 

Es difícil imaginarlo porque tu instinto de supervivencia te impide morir a la vez que pierdes a alguien, pero la mente racional, esa que actúa a pesar del instinto, es capaz de boicotear tu propia supervivencia y hacértelas pasar muy, muy mal.

El asunto no tiene ninguna gracia. Hace poco pasé mi primera noche con mi niño en la cuna y yo a tres metros contados de distancia y me fue realmente difícil disfrutarlo y estar en calma después de cuatro meses durmiendo juntos. De modo que puedo más o menos dimensionar cómo será en el futuro cuando mi pequeño se aleje de mí. Porque esto pasará, y no solo eso, es que debe pasar algún día para que se convierta en un adulto sano.

En fin, seguro que podéis imaginar de lo que estoy hablando y por eso os dejo una propuesta, una especie de entrenamiento del desapego con el objetivo de experimentar sus beneficiosas consecuencias a la vez que descubrimos lo sano que resulta aprender a despedirnos de personas y cosas cuando llega el momento.

Ahora piensa en ese lugar donde acumulas, ese altillo, armario, trastero, garaje o donde sea que vayas guardando tus cosas, da igual si es bajo la cama o arriba de los armarios de la cocina, la idea es que ahora sí, lo hagas, saca esas cajas y tira. Rompe los vínculos emocionales con las cosas que dejaron de serte útiles. Es más, para hacerlo mejor, regala o dona, lo que aún esté en buen estado, para que continúe la buena energía y alguien se beneficie de lo que un día te benefició a ti… de algún lado llegará la recompensa.

 

 

Siente la pena de la despedida y la paz que también trae consigo. Llegamos a este mundo desnudos y solos, así nos vamos a ir, y quizás, solo quizás, nuestra función en este mundo consista en hacer girar las cosas para repartirlas lo más justamente posible, ¿quién lo sabe? Lo que sí sabes, es que no necesitarás nada ni nadie cuando tú te vayas, así que, ¿no tiene más sentido gozar del placer de regalarlo en vida y ver las caras de alegría de los otros?

 

 

El desapego es mucho más importante de lo que nos paramos a pensar. Es fundamental porque nos alcanzará tarde o temprano, por mucho que huyamos de él. Así que yo digo que mejor que nos pille preparados y reconciliados con la experiencia con un ejercicio tan fácil y difícil como el propuesto. No pienses en ti viviendo sin aquello que regalas, sino en el otro viviendo feliz con algo que tú le diste.